San Lorenzo en postales. El cuaderno intimista de Francisco Gallardo

CSL

Cae plácida la noche sobre la ciudad, y se espesa sobre la plaza, la misma que contempla, una vez más, como la Mujer Discreta se despide de sus hijos en silencio, mientras la última saeta pervive en forma de eco retozando en los balcones y el crujir de la madera llega a ser, en su timidez, completamente ensordecedor. Mandan los Ariza, o eso dicen los entendidos mientras que el pueblo sabe que quien manda es Ella en su eterna Soledad. Al encerrarse la frondosa candelería, antaño cobijada con el pionero palio de cielo, se empieza a sentir sola la plaza, esa plaza que tanta huella dejó en un niño llamado Francisco Gallardo.
“El niño miraba al coro de la parroquia. Luego, caminaba hacia la derecha, en dirección a la plaza chica de San Lorenzo. Atravesaba la puerta de rejas y veía una mujer menuda, discreta, serena. La Virgen de la Soledad vestida de hebrea…”
El niño es ya un hombre y el hombre sigue siendo aquel niño a quien tanto quería Padre y Madre y sus tía Lela y Luna. Es aún un imberbe chiquillo que entiende la vida a través de las conversaciones que tienen lugar a su alrededor, palabras que se le han quedado grabadas, todas ellas con reminiscencias de una infancia exprimida a golpe de preguntas respondidas y sin responder. Queda sola la plaza y reverberan en el aire las voces fabricadas en una antigua casa de la calle Santa Ana, la misma donde se encontraba el palacio del Infantado, nobleza viva, o la tienda de ultramarinos de Angelito, frente a la que se ubicaba la panadería y confitería regentada por Amparo y Felipa allí donde la calle de los Lienzos cortaba perpendicularmente Garbancería.
La Virgen entra en el espacio abierto que cede Conde de Barajas y el niño convertido en hombre rememora los años perdidos, encontrados continuamente en su memoria. Eran otros tiempos, tiempos en los que los soldados de su ejército eran sus hermanos, varones, con los que compartía confidencias, accidentes y, quizás, el anhelo por una hermana que nunca llegó a unirse a las filas, una niña a la que defender y con la que ganar batallas. Es por ello que en el anhelo asaltaban la carpintería, la vieja zapatería e incluso el bar que regentaba Joaquín, taberna con semilla de abacería, o viceversa.

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El niño también gustaba de visitar a su vecino más ilustre, el Señor que con Su Gran Poder también residía en la iglesia y parroquia, en la capilla situada en el lado de la epístola. Allí le rezó y contempló cómo otros muchos le rezaban pues ayer, ahora y siempre hubo, hay y habrá mucho que pedir. La guerra era un tabú que fue comprendiendo con tan solo observar la atención de Padre pasando las páginas del diario comprado en la tienda verde, o escuchando los silencios de las conversaciones en las tertulias a las que era invitado: no se percataban que el niño oía y además despertaba a una nueva vida en la que era todos los días bautizado como novato ciego a la realidad.
Termina la jornada de Sábado Santo y es inevitable rellenar los vacíos del alma ente los que tiene acomodo la abuela María Jesús, la maestra de los huevos pasados por agua, la que se fue para que todos la recordaran en el contexto de las rutinas que sin saberlo habían sido marcadas en la memoria colectiva, quién sabe si al mismo nivel que las lechugas de madre o las aceitunas de Padre. Qué pena no haber escuchado la retransmisión del paso de una cofradía por la Carrera Oficial en una radio de cretona, de la que brotaban sin interrupción noticias teñidas de blanco y negro y las coplas que inundaron una infancia, como lo hicieron las aguas convirtiendo Sevilla en un mar. Aquel 1961, el Gran Poder sí hizo su estación de penitencia pues ni siquiera las aguas osaron a derramarse en primavera.
Inundaciones. El agua conforma charcos y los barros residuales periten el chapoteo de las katiuskas de los infantes, que necesitan jugar al balón y desollar sus rodillas con el destemplado asfalto donde se alza el banco que dicen que Bécquer frecuentó en su tardes y noches buscando a las musas que le inspiraran.
Se cierra el portón y el reloj de la torre hace tiempo que marcó la medianoche. Son otros tiempos y la sincronización se antoja imposible. Es el momento en el que los nazarenos deben volver a sus casas por el camino más corto, por la calle en la que estaba el colegio de columnas marmóreas, o aquellas por las que paseaban el hombre del hielo o el afilador prestando sus servicios. Las cancelas de hierro esconden con celo sus secretos más íntimos, alcobas en las que el niño emprendió su andadura como escritor a temprana edad. Antaño llovía. Ahora, no. Las calles olían a infancia y la infancia olía a barrio, a partido de fútbol en el empedrado de la calle o a jamón reservado para días especiales. Es el incienso el que embriaga los sentidos en este camino de vuelta que se hace eterno a pesar de ser tan corto, tanto como el que recorrió el Señor se Sevilla a su nuevo templo estrenado en 1965: el mismo vecino en la casa de al lado, y la capilla de Aquel cedida a la hermandad del Dulce Nombre para completar el terceto sacro de San Lorenzo.
San Lorenzo, testigo mudo de alegrías y de lutos, espectador de correrías y tragedias, de amaneceres y ocasos, de sonrisas y lágrimas, devoto de sol y de luna, muro invisible entre la cara y la cruz: San Lorenzo la chica y San Lorenzo la grande. Las pupilas del niño estallan de primavera y el negro queda relegado al del antifaz mientras que la Virgen sola lo recoge en un abrazo y se deja retratar. Es el retrato que asoma en los bolsillos en forma de estampa, o en la retina de quienes ya han alcanzado el lecho en el que reposar tras la jornada. Todo queda resumido en postales, y las postales configuran un cuaderno, el Cuaderno de San Lorenzo, el cuaderno de Francisco Gallardo…

PD: Cuaderno de San Lorenzo es una preciosidad, un diario intimista de una infancia perfectamente ilustrada con fotos del archivo personal del autor y del archivo municipal, con presencia de ese ángel que con apellido Gelán marcó a una generación de fotógrafos. Por su parte, la editorial Algaida ha hecho magia para que el resultado sea el que es. Desde aquí, invito a la adquisición de esta joya literaria.

Francisco Javier Torres Gómez

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