Una Cena con sabor a desayuno

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La ciudad está comenzando a despertar, los bares se encuentran cerrados si bien el aroma del café comienza a traspasar los cierres con los que los establecimientos hosteleros guardan sus secretos, el silencio es casi absoluto y en las calles reverbera el eco de las voces de los operarios municipales alcanzando el fin de su jornada laboral. Sevilla aún se encuentra acomodada en duermevela mientras una suave brisa empuja a las nubes perezosas y no consigue que estas obedezcan sus órdenes. La vida parece haberse detenido, pero en la calle sol, tras el vetusto portón de madera, la hermandad de la Sagrada Cena está culminando los preparativos que anteceden al rechinar de las bisagras, sonoro prolegómeno de una jornada destinada a ser recordada durante, al menos, un año.

 

Poco a poco se va configurando el cortejo mientras los acólitos y monaguillos corren de un lado a otro pidiendo, cuando es necesario, la ayuda de un compañero que termine de configurar el orden de sus vestiduras. Los costaleros se fajan y ajustan sus costales, los cirios son repartidos con parsimonia pero en armoniosa cadencia y las llamas comienzan a derretir la cera, cera roja que ya ha comenzado a expirar en su destierro de cristal en el paso de nobles mederas sobre el que Jesús permanece erguido mirando a Su Padre, invocándolo y solicitando su aprobación.

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Hoy no podrá rodearse de Sus apóstoles, que llorosos quedan relegados por un día al olvido en una insulsa cena sispuesta en el centro del altar mayor. El camino debe hacerlo solo pero Sevilla no obedecerá y lo acompañará pues, a veces, las normas están para no cumplirlas.

Las chicas de la coral bromean y ensayan melodías mientras el maestro ríe, o lanza las primeras reprimendas que viene a significar la primera llamada al orden. El blanco hoy es más blanco que nunca, pura eucaristía resumida en hostia consagrada, pan prometido que será bañado en el vino para el perdón de los pecados.

Turiferario, ceriferarios, comenzad a formar. Pero primero es necesario orar ante el Santísimo. De modo imperceptible, el tiempo se agota y llega la hora. La ciudad guarda secretos que nos son revelados son extrema parsimonia y en ella se encuentra la magia de los momentos. La clausura puede tan solo adivinarse a través del jolgorio que se percibe al otro lado del portón y, sin embargo, cuando la luz encuentra la ansiada salida a su cautiverio, los nervios y la emoción son trnsferidos a quien espera, con sueño, a que precisamente un nuevo sueño se haga realidad. Un toque, dos toques y hasta un tercer tañido del llamador hace que todo comience, y paralelamente termina la espera…

Es Jueves de Corpus, y el sol no reluce como dice el refrán, pero tendrá la oportunidad de hacerlo cuando el día abra sus alas. Primeros lamentos de metal con tema eucarístico y las voces de los ángeles arropan al Señor de todos, que se despide de los suyos para unirse a la procesión en la que todos seremos de Su propiedad.

Ya no hay Cena. Es hora del desayuno, y todos podremos comer con Él y de Él.

Fotografías: Javier Torres

Francisco Javier Torres Gómez

 

 

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