El globo

Este texto fue publicado por el Correo de Andalucía, en papel y unas preciosas ilustraciones. Ahora que todo aquello quedó en el olvido, he querido rescatar esta historia, muy mía (yo me entiendo) y creo que apropiada para estos días que nos toca vivir.

GLOBOS


Querido lector,

¿Acaso hay algo tan sencillo y al mismo tiempo tan complejo que un simple globo? Aquel del que paso a glosar pertenecía a una manada heterogénea que fue extinguiéndose al mismo tiempo que la propia Semana Santa. Exultante en un principio, vanidoso por sus vivos colores, se vistió de largo el Domingo de Ramos junto con sus compañeros de racimo, pero el destino le tenía reservada una aventura digna de ser narrada. Único superviviente en las manos del vendedor ambulante, fue adquirido el Domingo de Resurrección por un padre que, pretendiendo agradar y al mismo tiempo callar a su hijo, pagó por el relicario de helio una auténtica fortuna, pues el capricho del infante no encontraba consuelo, y eso que fueron muchos los aerostatos que nublaron los cielos de Sevilla en su Semana Mayor. El padre, hacendoso, anudó sin fortuna el globo a la muñeca de su hijo quien, tras dos o tres pronaciones bruscas, contempló absorto cómo su tesoro ascendía a los cielos mientras a sus ojos Cristo bajaba de los mismos para anunciar su Resurrección. En su camino errante, quiso la brisa caprichosa que la pequeña aeronave piropeara a la Giralda rodeando su ciego rostro, y que dirigiera su senda al coso maestrante, en el que el albero lucía radiante para perder su dibujo en el duelo que tendría lugar entrada la tarde. Desde las alturas se advertía la mezcla de ese amarillo arenoso con el almagre de los burladeros y, prendido de tanta belleza, aún con fuerzas para mantener intacta su estructura, quiso enredarse en la muñeca de hierro de la plaza de toros más bonita de España y esperar las horas en las que el torero descansaba, despertaba y se encomendaba antes de la faena a la Virgen baratillera con la que ya había compartido confidencias la mañana del Miércoles Santo. Enamorado de la ciudad, reticente a emprender el viaje a las alturas, nuestro protagonista se desembarazó de su asidero y siguió su camino hacia el río, en el que anheló bañarse pero en el que, sin embargo, aspiro el sabor y el aroma lejano de la sal que el mar le presta desde Sanlúcar. Ensimismado, triste y al mismo tiempo colmado de júbilo, se dirigió al recinto ferial en el que quiso reposar en una de las cornisas de la preciosa portada que daría acceso al Real.
Cansado, sin fuerzas, a punto de desaparecer para siempre, quiso unirse a Sevilla y a sus fiestas para siempre y por ello se replegó sobre sí mismo para custodiar el helio que aún le daba vida. No era suficiente para lograr la hazaña que se proponía, pero debía intentarlo. Cobijado entre luces sin estrenar, se escondió entre coloridos vericuetos de fantasía para pasar desapercibido mientras su cuerpo iba adelgazando a un ritmo difícil de parar. Pasaron los días y su vida iba extinguiéndose al ritmo de los fenómenos meteorológicos, que le arrebataron el alma y lo transformaron en piel marchita, la misma que feneció el mismo sábado en que la más digna puerta a la Fiesta se erigió en su peculiar Puerta al Cielo, y así se cumplió el rito, la muerte de un alma que se convirtió en plena luz al son de sevillanas.
Pocos se dieron cuenta que una de las luces de la portada de la Feria se incendió durante el alumbrado. Nadie sabrá nunca que se trataba, ni más ni menos, que del globo más sevillano que haya existido nunca. Descanse en paz.

Francisco Javier Torres Gómez

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