La ventana cofrade indiscreta

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No les voy a hablar de películas, si bien el escenario de la siguiente narración sería el idóneo para grabar metros de cinta. La acción se desarrolla en el mismísimo postigo del aceite, en un balcón situado justo encima de la capilla donde reside la Pura y Limpia a la que tanto queremos los sevillanos. No es mi costumbre “balconear”, aunque la ocasión lo merecía (vaya por delante mi agradecimiento a Bella y a Chico por compartir conmigo su hospitalidad) y lo hacía por convertirse en el escenario de dos de los momentos más impresionantes de la jornada del Martes Santo como eran el paso a través de “la puerta albero” de las cofradías de los Estudiantes y Santa Cruz. Sabiéndome poseedor de una ventaja de enfoque inigualable al paso de ambas andas cristíferas, y llevando conmigo la cámara que ejerce de confesora y compañera de mil batallas, me dispuse a tomar las mejores instantáneas cuando los ciriales y una nube de incienso anunciaban tan ansiado momento, tan anhelada imagen.

Suelo hacer un par de disparos para comprobar que todo está en orden. No me hace falta enfocar ningún objeto específicamente si bien una pared blanca ayuda a establecer el balance de blancos. Hasta aquí no estoy contando nada nuevo. El hecho es que se me ocurrió dirigir mis lentes a una pequeña, diminuta, mínima ventana protegida por barrotes, situada justo en la pared de enfrente, y cuál no sería mi sorpresa al ver cómo un brazo terminado en cámara, como flor que culmina la curvatura de la rama de un árbol, asomaba entre los hierros, maniobra que se antojaba casi imposible. Aquella cámara comienzó a disparar, y siguió haciéndolo de modo que quedé atrapado en el embrujo, en su embrujo, de forma que no quedaba más opción que hacer lo propio desde mi observatorio, sin tan siquiera pensar qué es lo que verdaderamente estaba haciendo. Estaba anocheciendo, pero la luminosidad era suficientemente atractiva como para atrapar al conjunto de monaguillos que avanzaban al ritmo que les marcaban sus paveras. Creía estar haciendo un buen trabajo y en él me concentré, olvidándome de la identidad de aquella persona que estaba haciendo lo mismo que yo hacía, pero en una postura, a buen seguro, más incómoda. Disparo a disparo llegó el impresionante crucificado de Juan de Mesa, cuya visión bien merecía separar el ojo de la cámara y contemplar la escena, seguro que única e irrepetible. Paró el paso y, aunque la imagen humana sin vida del Cristo de la Universidad nos regalaba una gran toma de su espalda dolorida, era difícil atinar a plasmarla. Era el momento de orar y pedir. A continuación, y al mismo tiempo que lo hacía aquel brazo anónimo, seguí captando el momento hasta que el arco del Postigo había sido superado. Fue entonces cuando pude comprobar quién era la persona que se encontraba unida a aquel brazo prodigioso que, a pesar de las dificultades del trance, había actuado de oficio. Sonreí y disparé, pero esta vez la instantánea recogería el buen hacer del fotógrafo ante cuyo arte poco se puede decir. Era José Antonio Zamora ejerciendo su profesión y dando, una vez más, una clase de maestría cuyos resultados he podido posteriormente comprobar en las redes sociales.

Zamora es un grandísimo profesional de la fotografía, uno de los más laureados de la ciudad y, además, es buena persona. Esta última afirmación la puedo hacer con conocimiento de causa, pues hemos compartido grandes momentos, casi siempre cerca de una cerveza bien fresquita. Creo que sobra hablar de quien, haciendo honor a su nombre, ha realizado excelentes fotografías de la capital castellano-leonesa en la que “el Merlú” anuncia la llegada de los pasos de Semana Santa en el entorno más románico que imaginar se pueda, no en vano Manuel Jesús Roldán le dedica un capítulo en su último libro cofrade.

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Foto: Javier Torres

Si todos hablan de Zamora, si yo mismo lo tengo por maestro, ¿seré capaz de obtener unas fotografías con la calidad de las que él ya ha mostrado? Solo me queda recopilar la producción cofrade de este año y deprimirme o, quién sabe, alegrarme por haber compartido este momento con él, aunque él no lo sepa… aún.

Francisco Javier Torres Gómez

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