Pulseritas y otros menesteres. Estación de penitencia, al menos, extraña.

UÑAS PINTADAS

Me gustaría que alguien me explicara el porqué de esas pulseras de hilo que se han puesto tan de moda en los últimos tiempos. Unas proclaman un mensaje solidario, otras la pertenencia a una u otra institución, otras solo enuncian el nombre del propietario o el de su amado o amada, e incluso las hay de propaganda de un producto determinado. El caso es que suelen lucir bastante sucias y deshilachadas, puede que por falta de higiene o cuidados, qué se le va a hacer. El problema, si es que están conmigo en que lo que paso a relatarles es un auténtico problema (en caso contrario, táchenme de retrógrado) es que esas omnipresentes pulseras no deberían lucirse durante una estación de penitencia, ya sea haciendo caso a las normas recogidas en las reglas o por simple decoro. No me vayan a decir que tienen el mismo significado las mismas que un rosario de cuentas o… (podríamos eternizar la enumeración de símiles).

Tampoco vamos a polemizar con el concepto de estación de penitencia, que el asunto podría convertirse en encerrona, y es más que patente que muchos y muchas se calzan la túnica y el capirote para echar un ratito disfrazados mientras departen con quienquiera que se les acerque, ya sea para pedirles una estampita o para regalarles un bocadillo.

Penitencia. Este concepto sí que es interesante pero, ¿se hace realmente penitencia durante la estación que lleva tal apellido? Anécdotas las hay, y muchas, pero para eso el maestro Garmendia ya se despachó a gusto contando las más famosas. Entonces es el momento de preguntar, y no digo a quién, si se reza debajo del antifaz. ¿Es acaso posible hacerlo mientras se gastan bromas al compañero de filas? ¿Es posible hacerlo repartiendo caramelos, estampas y medallas como lo hace un Rey Mago? Sálvense los niños, que a ellos se les perdona pero ¿y los adultos?

La estación de penitencia, entendida clásicamente, ha estado siempre asociada al anonimato del nazareno o del penitente (que lo de nazarena se utiliza más que lo de penitenta). Pero ese anonimato lleva asociada una serie de preceptos cuyo cumplimiento debería ser supervisado por las distintas hermandades. La mano de una mujer es distinta de la de un hombre y por ello, el nazareno o nazarena puede ser distinguido según su sexo, y aplaudo que sea así, pues muchos años han tenido que pasar para que las mujeres puedan desfilar en los distintos cortejos. Ahora, si no es obligatorio el uso de guantes, ¿es necesario llevar las uñas pintadas mientras se sostiene el cirio? Al menos, no es decoroso, como tampoco lo es lucir distintos tipos de manicura ese único día del año en que se puede prescindir de ella (sé de entrada que esto no va a gustar a quienes actúan de otro modo y sí, pueden criticarme). Pero no debo estar totalmente desacertado en mis comentarios cuando hay hermandades que exigen el cumplimiento de normas de anonimato a la hora de salir a la calle bajo el signo de la hermandad.  En tal línea de trabajo se engloban aquellos auxiliares que, con quitaesmalte y tijeras, se apostan a la puerta del templo o capilla para evitar males mayores en aquello de “la estética en calle” (funciones que podían ser obviadas si se cumplieran las normas desde casa). También he visto a auxiliares cortando pulseritas de estas que aún no entiendo en el contexto del que estamos hablando pero, aún así, son muchos, demasiados, los ejemplos que terminarían dándome la razón. Y aún no he hablado de relojes majestuosos (por tamaño) y no tan majestuosos de nazarenos y acólitos, que deslucen la foto y el momento cuando no el consabido decoro (llevo mucho tiempo fijándome en estos detalles y no he visto nunca un reloj asomando por la manga que cueste más de 50 euros). Sería buena práctica dejarlos en casa o en el templo, que en Semana Santa ya se sabe que los horarios…

Mucho se habla de religiosidad y populismo, de sus convergencias y divergencias, pero discreto es el debate que he querido traer a colación. La persona es libre para salir de nazareno o nazarena pero en nada ayuda a su hermandad incumpliendo sencillos y baratos preceptos que deslucen el trabajo colectivo y la fiesta en general. Cuando estos detalles se observan en portadores de vara, ya sea esta plateada o dorada, apaguemos y vayámonos, que la discusión ha terminado.  Quizás los tiempos hayan cambiado; de hecho seguro que han cambiado, pero pongamos todos de nuestra parte para que los cambios, tan necesarios siempre, sean para mejor y no para peor.

Y aquellos que consideren que estas reflexiones, personales, son absurdas e incluso improcedentes, les pido perdón. Pónganse todas las que quieran y muéstrenlas con orgullo. Total, si sus juntas de gobierno no ponen objeciones, por algo será.

Francisco Javier Torres Gómez

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