Lágrimas de una joven nazarena

Nazareno-de-los-Panaderos

Ayer, al igual que hoy, y esperemos que sin simetría en días venideros, hubo un par de hermandades que se quedaron sin realizar su estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral. Otras lo consiguieron, pero sufrieron de un modo heterogéneo las inclemencias del tiempo. En cualquier caso, no es este un artículo de opinión sobre aciertos y desaciertos de Juntas de Gobierno, pues soy de los que piensan que a ellas le debemos apoyo sea cual sea la decisión que hayan tomado, más que nada porque están compuestas por seres humanos, como todos nosotros, que aciertan y se equivocan, pero que deciden según criterios con los que debemos, como cofrades, solidarizarnos.

Esta, en cambio, es la historia de una joven nazarena, una niña rubia de ocho años que se estrenaba bajo al antifaz y que, novata en los menesteres que le aguardaban, había tenido problemas en conciliar el sueño pues había puesto la estación de penitencia junto al Señor del Soberano Poder en Su Prendimiento como prioridad absoluta, por encima de juegos y otros menesteres más extendidos entre los niños de edad tan temprana. Esa “nazarenita” era mi hija, la misma a la que vestía no hace mucho con su pijamita o “body” y a la que ahora ayudaba a ajustarse la capa y a colocarse el cíngulo. El capirote, con su antifaz, decía que era cosa suya.

No fue engañada en ningún momento; sabía que había riesgo de lluvia, y esta circunstancia había hecho que se acurrucase bajo mi capa, que le daba cobijo y calor, pero las palabras de aliento que todos los nazarenos le dedicábamos en casa fueron suficiente estímulo para que, cargando su vara, llegara al Colegio Itálica en el que conocería de primera mano cómo se forma una cofradía. Todos sabemos el modo en el que esta historia termina, al menos de momento, pues la pequeña panadera vio frustrado su sueño de acompañar a su Cristo Moreno. No derramó una sola lágrima sino que volvió a casa por el camino más corto, enfundada en su anonimato y, una vez al amparo de la seguridad que su dormitorio le proporcionaban, se desvistió, cenó y se fue a la cama. Nosotros, los adultos, hicimos lo mismo pero, cuál no sería nuestra sorpresa al escuchar el llanto desconsolado que, procedente de su cuarto, llegaba nítidamente al nuestro.

Primero su madre, que también se estrenaba como nazarena y yo mismo, mucho más experimentado, acudimos junto a ella para darle consuelo. Fue entonces cuando tuve ocasión de explicarle qué era exactamente lo que había pasado.

A su pregunta primera acerca del porqué se había decidido no realizar la deseada y tan ansiada salida procesional, le tuve que explicar de un modo simple el cómo y el cuando se toman decisiones de tanto calado, pero descubrí cómo se emocionaba cuando le relaté las lágrimas del hermano mayor ya que ella misma las había visto con sus propios ojos cuando este tuvo la gentileza de desplazarse a las distintas sedes en que forma la cofradía con el fin de comunicar la decisión, noticia aplaudida incluso por quienes no deseaban oírla: los paraguas en la calle hacían temer lo peor desde el principio. No contenta con esta respuesta, y viendo cómo su llanto no se apagaba, decidí contarle la historia que no por narrada en estas circunstancias es menos verdad.

Este año, el olivo de nuestro paso de misterio tenía menor tamaño y el Señor del Soberano Poder quería que este creciera al mismo tiempo que los jóvenes panaderos que le acompañarían bajo el antifaz. Por ello, no se disgustó por quedarse en casa mientras le daba un año de tregua a todos para crecer. Primero debían crecer los pequeños como cristianos, como personas y así comprender aún mejor que la caridad, los cultos y la estación de penitencia como culto mayor deben prender en el corazón de todos al tiempo que el olivo crece en tamaño para ocultar, aún más si cabe, la traición de Judas, demasiado visible este año, huyendo con su bolsa cargada de monedas.

No pude escuchar su respuesta. Cuando le iba a contar el modo en el que la Virgen de Regla iba a lucir el espléndido cirio pintado por Silvia Ortego, Rosa, la pequeña rubia soñadora, se había dormido. En sus labios, una sonrisa. En su corazón, una herida ya cicatrizada y en sus pensamientos, seguramente, un huerto de olivos en el que Jesús la recibía con los brazos abiertos, como hace siempre que sabe que uno de Sus hijos sufre, aunque ese sufrimiento sea pasajero. Son los sueños de los niños, de las niñas y de los adultos panaderos…

Felicidades, Ángel Corpas. Las decisiones duelen, pero hay que tomarlas. El que no lo comprenda, seguramente, no se haya visto en una de estas, o bien no sueñe como lo hace un niño…

Francisco Javier Torres Gómez

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s