Libros “cofrades” curiosos: Mi Cristo roto.

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En el año 2010 se publica la tercera edición de Mi Cristo Roto (Edibesa, Madrid), trascripción gráfica de una serie de conferencias cuaresmales y/o meditaciones que el padre Ramón Cué realizara para TVE, teniendo estas lugar en los albores de la madrugada, justo antes de que terminase la retransmisión de esa cadena de televisión.

 Se trata de un texto teológico novelado o, quizás, sea una novela de trasfondo teológico; su estilo rememora al cuento clásico y, como en ellos, se terminan sacando moralejas. Se trata de una lección magistral de humildad personalizada en la imagen de un cristo barroco andaluz encontrado por el protagonista en el famoso mercadillo de los jueves que tiene lugar en la calle Feria de Sevilla. La talla, que carece de rostro y miembros superiores e inferiores izquierdos, presenta sin embargo un bello torso que permite elucubrar que ha sido gubiado por uno de los grandes maestros imagineros del siglo de Oro pero cuya autoría y data se hacen imposibles debido a los desperfectos atribuidos al movimiento iconoclasta republicano o a la barbarie bélica de la Guerra Civil. El Cristo “roto” fue encontrado en las inmediaciones de Aracena y, al ser adquirido, plantea una serie de dilemas relacionados con su restauración. Es esta la excusa para que se inicie un diálogo entre la imagen mutilada y el sacerdote, toda una declaración de intenciones narradas en primera persona en las que un Jesús vivo representado en madera no se conforma con convertirse en objeto de culto sino que justifica su propia existencia para transmitir el mensaje que lleva dictando desde que murió en la cruz.

El mensaje de Cristo no es estético, es de puro Amor y, a lo largo de los cinco capítulos en los que se vertebra la obra, de tan solo 159 páginas, el lector encontrará respuestas a preguntas que se debe de hacer como cristiano y que, muchas veces, si no todas, se quedan en el tintero de lo superficial.

Los miembros cercenados de Cristo están presentes si creemos en su misión redentora y así se cumplirá el verdadero significado de la fe. Cristo no necesita manos para acariciarnos y consolarnos; tampoco necesita un rostro pues el suyo es el de cualquiera de nuestros hermanos que necesita ayuda. Cristo no ha muerto sino que permanece entre nosotros, prestando su cruz y ayudando a cargar con la que todos portamos, aun cuando no reconozcamos su presencia o su peso.

El padre Cué acierta en el modo de realizar su particular catequesis, pues sus palabras son las nuestras, su ejemplo el de todos nosotros y su interlocutor el mismo Jesucristo, inconformista e incluso decepcionado con en modo en el que hemos interpretado su mensaje.

Mi Cristo Roto es un relato novelado cargado de simbolismo y doctrina que no deja indiferente al lector. Es un relato de amor fraterno narrado de un modo fantasioso, a través de un diálogo imposible si no es el que se realiza con el corazón. Jesús es el prójimo tallado en madera, despojado de cruz en la que descansar porque no puede permitirse el lujo de relajarse cuando tiene tanta tarea a la que dedicarse. Pero, en cambio, decide hablar con el dueño de una talla barroca haciéndole comprender con palabras salidas de unos labios inexistentes, que restaurar un Cristo roto no consiste en unir trozos de madera astillada sino en identificar al prójimo, al necesitado, al hermano en icono que no es preciso arreglar si no se arregla antes a quien realmente necesita ser reparado.

El libro puede también leerse como novela corta, y resulta amena su lectura. Pueden hacerlo todos los públicos pero el obviar el mensaje que subyace a las palabras, a cada frase, a cada diálogo es quedarse en lo superficial sin haber comprendido el mensaje que se encierra en la historia, un bonito cuento con final triste y moraleja para ser feliz.

Francisco Javier Torres Gómez

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