Luisa Roldán, “La Roldana”, la mujer que marcó su senda y su leyenda

Resulta difícil abordar el estudio de la escultura española del siglo XVII, sin duda uno de los más fecundos en cuanto a producción y calidad, sin interesarnos por la única mujer que se atrevió a dar el paso al frente y disputar el reconocimiento a los más grandes artistas de su época, al menos en el difícil arte de la talla de imágenes. Su vida, caracterizada por el amor profesado a su padre, sus desencuentros con quien se convertiría en su marido, sus múltiples y desgraciados avatares en cuanto a progenie y los cambios de residencia que la llevarían a la misma corte española, genera tal sentimiento de admiración en quienes se acercan a su biografía, que no debe extrañarnos el comprobar que su figura, hasta hace poco desconocida en parte, sugiere fantásticas leyendas que, quién sabe, pudieron o debieron coincidir con la realidad.
Luisa se crió en el barrio de Santa Marina, en la plaza de Valderrama, donde su padre, el gran Pedro Roldán, tenía taller propio. Más tarde este se trasladaría a la collación de la Magdalena. Allí aprendió, junto a sus hermanas María y Francisca (quién destacó posteriormente en el arte del dorado, encarnado y estofado), el bello arte del dibujo y del modelado, convirtiéndose en su más destacada y amada discípula, sello que los especialistas, y aún aquellos no versados en arte, pueden vislumbrar al contemplar cualquiera de sus obras, caracterizadas por el realismo patético presente en las obras de su progenitor, a las que añade el toque femenino que les confiere personalidad propia, consiguiendo que lo humano y lo divino armonicen de modo catequético, tal como dictaba la Contrarreforma. Sus manos lograban darle vida a la madera, igualmente que la gloria que de ellas emanaba dotaba de felicidad el barro con el que empezó a crear (sus obras en barro son las que le permitieron ser conocida, aunque muchas de ellas no se encuentran firmadas), pero lo hacían con dulzura poética, sello que no abandonaría a lo largo de su carrera artística. Luisa Roldán debe considerarse una artista perteneciente a la escuela sevillana que, a su vez, había bebido de las lecciones que tanto Martínez Montañés como el mismo Pedro Roldán habían aprendido en Granada: Sevilla y Granada, los dos grandes focos de la escultura andaluza, y española por extensión, durante los siglos XVII y XVIII.

ROLDANA

Hablar de Luisa Roldán, más conocida como “La Roldana” por ser hija del insigne imaginero Pedro Roldán, es tratar a un personaje histórico que poseyó las circunstancias y el don suficientes como para ser feliz y gozar de una privilegiada posición económica. Sin embargo, las circunstancias que la acompañaron a lo largo de su interesante y longeva biografía impidieron que alcanzara el beneplácito de una vida gozosa que siempre le fue negada.
Distintas biografías, e incluso novelas, tratan al personaje desde distintos puntos de vista, pero todas ellas convergen en confirmar nuestras aseveraciones, y es que Luisa, hija amada de Roldán, conoció la felicidad en su Sevilla natal pero su espíritu aventurero, el mismo que le sirvió para ser una auténtica pionera en los tiempos que le tocó vivir, le permitió alcanzar horizontes y logros insospechados que, sin embargo no pudieron tamizar la nostalgia que siempre sintió por el amor paterno y por la ciudad que la alumbró como mujer y como artista.
Luisa pudo codearse con los principales artistas de una Sevilla abierta al Nuevo Mundo pero que pronto cedería sus privilegios a Cádiz, ciudad a la que el matrimonio de Los Arcos-Roldán se trasladaría en busca de nuevos horizontes y una menor competencia. Entre aquellos ilustres, destacan de un modo especial el pintor Valdés Leal, amigo y colaborador de su padre, Bernardo Simón de Pineda y el propio Murillo, profesores todos ellos de la Academia fundada en 1660 en el edificio que alberga de hoy el Archivo de Indias. No debe sorprendernos el hecho de que Luisa pudiera haber bebido de dichas fuentes, e incluso haber sido alumna en la prestigiosa institución.

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El gran número de encargos obligó a Roldán a trasladar su taller a la collación de San Juan de la Palma; nuevos colaboradores y aprendices entraron a trabajar en él y así Luisa entabló relación con el que terminaría siendo su marido a pesar de los consejos en contra de su padre: el estofador Juan Antonio de los Arcos, el mismo que marcaría la vida de la artista pues, si bien al principio colaboraba con su mujer en el acabado de las obras, los celos profesionales (el talento de ella superaba con creces al de él), junto a las especiales circunstancias familiares (muerte de cuatro hijos), terminaron con las alegrías matrimoniales.

Corría el año 1669 y Luisa comienza a colaborar en el acabado de tallas encargadas a su padre, como el San Fernando (1671) que procesiona el día de Corpus, imagen, se cuenta, regubiada por la artista. Otras colaboraciones que merece destacar son las realizadas para el paso de la Exaltación, en la que Luisa se encargó de los cuatro ángeles que portan instrumentos de tortura, y las imágenes de los dos ladrones que, aún estando firmados a su marido, responden al estilo de la imaginera la cual tenía problemas a la hora de firmar obras en una sociedad tan machista como aquella en la que le tocó vivir.

SEV07 procesion  del Corpus Christi en Sevilla.Diario de Sevila/MANUEL GOMEZ

Algo similar podemos decir de las imágenes secundarias del paso de misterio de la Hermandad de la Carretería o el de la Sagrada Mortaja. Obras atribuidas a La Roldana en su etapa sevillana son la Virgen de Regla de la Hermandad de los Panaderos e incluso la Virgen de la Esperanza, de la Hermandad de la Macarena así como un largo etc. entre el que destacan por méritos propios el Niño Jesús del Pozo Santo y el de la Catedral, el San Juan Niño del Convento de la Encarnación y otros muchos infantes, en madera y barro pertenecientes a colecciones particulares, todos ellos de gran mérito artístico. La Virgen de la Luz, de la Salud, la del Valle y del Rosario son Glorias que gozan de su sello, pero no de su firma, por lo que podemos incluir en las atribuciones a los miembros de su taller y a sus discípulos, haciendo lo propio con la Virgen de la Sede del Hospital de los Venerables, la Virgen con el Niño de la Academia de Medicina o las poco conocidas Transverberaciones de Santa Teresa.

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El catálogo de obras de Luisa Roldán o atribuidas a ella es muy amplio y está bien documentado en la literatura siendo la biografía llevada a cabo por María Victoria Olloqui (Tesina de licenciatura 1974, La Roldana. Nº 19. Colección Arte Hispalense, La iconografía en la obra de Luisa Roldán 1989, La Roldana, Ediciones Castillejo 2000) una de las más completas, si no la que más. Pilar de Arístergui, contagiada por la luminiscencia que emana del personaje, escribiría una interesante novela en la que destaca con cierto énfasis el anhelo de Luisa por Sevilla y por la figura paterna arrepentida de no haber seguido sus consejos a la hora de casarse con hombre falto de carácter, poco ambicioso y débil. Por el contrario, destaca la fuerza de carácter de Luisa, la capacidad para afrontar la adversidad y los grandes logros artísticos que la hicieron acreedora de un puesto en la Corte de Carlos II y de Felipe V como “Escultora de Cámara”. Arístegui incluso fabula con el viaje europeo de la escultora hasta la Rusia del Zar Pedro I, a quien presenta enamorado de aquella a la que le concede todo lo que pida si permanece a su lado.

PILAR DE ARÍSTEGUI

Lo cierto es que se trata de simples sueños pues el matrimonio se cree que marcha a Cádiz (1686) en busca de fortuna, y la encuentra, pues son múltiples los encargos que recibe Luisa en el periodo de dos años que se supone que gastó en la Ciudad abierta al mar. No obstante, sus obras más emblemáticas atribuidas a esta estancia, entre las que destaca el Ecce-Homo del Convento de los Descalzos, hoy en la Catedral, las imágenes San Germán, San Servando y los ángeles (que tanta polémica han causado en recientes fechas), Virtudes y Profetas, bien pudieran haber sido realizadas en Sevilla y exportadas, como otras imágenes de gran calado como los mismos Ecce-Homo de la Iglesia de San Francisco y del Convento de Santa Cruz de Córdoba.

1227 2 La Roldana-Ecce Homo 1684-Catedral de Cadiz

La Roldana ya gozaba de un merecido prestigio como escultora. Muchas eran los que la conocían del taller de su Padre y muchos los que, animados al contemplar sus más recientes obras, se decidían a contratar con ella. Los clientes de la provincia de Cádiz de su padre, a buen seguro tuvieron en cuenta tales circunstancias para contratarla. Habiendo alcanzado la fama, quedaba aún por llegar el dinero que permitiera a la familia vivir con la dignidad merecida a pulso, ingresos aportados principalmente por ella, con la resignación e incluso celos subsiguiente de un anodino Luis Antonio de los Arcos. Destacamos de esta etapa “intermedia” las imágenes de Nuestra Señora de la Soledad de Puerto Real y el Cristo Yacente de la misma hermandad (escuela), la Magdalena de la cofradía Gaditana de Jesús Nazareno, la Sagrada Familia, el Señor de la Humillación y la Virgen de las Angustias, en Cádiz, el Niño Jesús Quita pesares de Arcos de la Frontera, los ángeles lampareros de la Iglesia prioral del Puerto de Santa María, la Virgen de Gracia y Esperanza, de San Fernando, y la popular imagen de Jesús del Prendimiento de Jerez de la Frontera (el conocido como “El Prendi”)(se trata solo de atribuciones).

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En 1688, el matrimonio de los Arcos-Roldán se traslada a una Madrid en la que las artes han eclosionado en el conocido como Siglo de Oro, pero cuya economía venía “haciendo aguas” debido a las eternas guerras y desgobiernos del Imperio. Luisa es una artista madura e inaugura una nueva etapa creativa bajo la protección de Don Cristóbal de Ontañón, mecenazgo que concluiría con el nombramiento ya referido de “Escultora de Cámara” (1692) tanto del último rey Austria como del primero de los Borbones. La fama y el prestigio tocaba de este modo techo, no así la recompensa económica de modo que Luisa tuvo que pedir en numerosas ocasiones el pago de sus obras para poder subsistir. La pobreza no impidió que su capacidad creativa alcanzase metas impensables en mujer de su época, culmen artístico en el que destacaban por igual sus estados de ánimo: tristeza, orgullo y alegría. Destacamos Los desposorios místicos de Santa Catalina, hoy en The Hispanic Society de Nueva York, El reposo en la Huida a Egipto y otras pequeñas maravillas que, adquiridas o depositadas en casas nobiliarias, le abrieron camino al tan ansiado título, momento en el que, sin dejar de lado sus obras de pequeño tamaño destinadas principalmente a clientes particulares, La Roldana recibe encargos de más relevancia, como el Arcángel San Miguel de El Escorial, la imagen de Santa Clara destinada al convento de las Descalzas Reales o La Virgen Cosiendo. Lo cierto es que Luisa siempre impregnó de humanidad a sus imágenes y las dotó de sereno movimiento. Esta humanidad queda reflejada al tomar modelos a los que conocía para trasladar su rostros y hasta sus maneras al leño, elementos que serían desarrollados e incluso exagerados por aquellos que fueron sus discípulos, entre ellos su sobrino Pedro Duque Cornejo, o improntados en artistas de la talla de Cristóbal Ramos, José Montes de Oca y Diego Roldán (sobrino con gran actividad en la provincia de Cádiz).

Arcángel Escorial

Sería injusto dejar en el olvido obras de tanto mérito como el Señor Nazareno y la Dolorosa de Sisante (Cuenca), la Virgen con el Niño del Convento de las Teresas de Sevilla, el San Ginés de la Jara del Museo Getty de Los Ángeles y tantas otras obras que, atribuidas o constatadas se sitúan en el círculo de esta gran artista, que no dejó de lado a su familia para ejercer la profesión a la que tanta pasión profesaba desde niña y que la elevó alcanzar la gloria, vetada en el terreno laboral a las mujeres del tiempo que le tocó vivir. Pensemos en que son muchas las obras que siguen atribuidas a Luisa Roldán, muchas las que se perdieron a lo largo de los siglos y muchas más las que aún no han salido a la luz, circunstancia que aumenta aún más su cabe, el halo de misterio que envuelve a día de hoy a aquella niña que tan bellos belenes hacía y que soñó una vez, a la vera de Santa Marina, que sería escultora como su padre… y vaya si lo consiguió…

Francisco Javier Torres Gómez

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